José Teao (32) ha buceado toda su vida. Lo hacía sin traje desde que tenía 7 años y debía amarrarse una piedra con una cuerda al cuerpo para poder descender en el océano de Isla de Pascua, y lo siguió haciendo con precarios implementos después de la inolvidable noche del 15 de marzo de 1999, cuando chocó en su moto de frente con un camión y perdió una de sus piernas. Se lo enseñó su padre, quien buceaba para llevar alimentos a casa. "Yo iba con él cuando era chico, yo miraba como él se tiraba, me ponía la máscara en el bote y veía desde arriba cómo bajaba y todo lo que hacía", cuenta. Siempre ha buceado "a puro pulmón", técnica que perfeccionó observando al campeón sudamericano en buceo con apnea, el pascuense Mike Rapu, con quien trabajaba. Al igual que su padre, hoy se gana la vida buceando. Pero no siempre fue así. Antes se desempeñaba en Lan Chile como cargador. La noche del accidente salió del trabajo a las dos de la mañana. "Terminamos de descargar, salimos, yo iba en moto con un primo y el compadre del bus nos cerró el camino y chocamos de frente. Mi primo perdió los dedos del pie. Yo perdí una pierna". Pese al duro episodio, dice que nunca perdió las ganas de seguir adelante. "No por una pierna que se te haya cortado te vas a echar a morir, hay que tirar para delante no más. Hay que levantar el ánimo y seguir. La única forma es seguir, no amargarse, porque si te echas a morir ya no puedes hacer nada", afirma Teao, dando un testimonio de fortaleza cuando falta un día para la Teletón. Con unos ahorros y la ayuda de algunos habitantes de la isla, se trasladó a Valparaíso, donde inició una terapia de rehabilitación que se extendió por cerca de un año, tras la cual volvió a caminar. Cuando regresó a la isla traía una pierna ortopédica y a su futura esposa, a quien conoció en la casa de reposo donde se hospedó en el puerto. "Conocí a una joven que ayudaba a la gente isleña, me vine a la isla, fui de nuevo, fui como cuatro veces y a la quinta vez le dije 'sabías qué, ¿Querías irte conmigo a la isla?' y me dijo que sí y nos vinimos", relata. Hoy tienen un hijo de seis años. Nunca tuvo miedo de regresar al mar De vuelta en Rapa Nui, le fue inevitable regresar al mar. Su médico no lo creía, al igual que muchas de las personas que oyen de la historia hasta que lo ven sumergirse. Teao es capaz de descender a gran velocidad al fondo marino y desplazarse por el agua como si tuviera dos piernas. Según expertos, su habilidad es sorprendente, incluso respecto de una persona sin discapacidad física. Pese a lo sorprende que resulta verlo en acción, dice que nunca sintió temor de volver a bucear. "Para mí era normal, no tenía miedo de meterme al agua. Además yo había visto una película de un compadre que tenía un problema y también era buzo y yo dije 'chuta, en una de ésas hace bien hacer terapia buceando'", explica. Hoy bucea por necesidad, porque para él "no hay otra pega que hacer" en la isla, pero también porque estar en el agua lo hace sentirse más libre. "Esta profesión te relaja, te ayuda. Me gusta más en el agua. Para mí es como hacer deporte todos los días", afirma. Por algo su única pierna está musculosa "de tanto aletear". No obstante, implica importantes sacrificios. La mayor dificultad es el cansancio que le provoca, sobre todo cuando debe ascender desde el fondo del mar cargado los corales que vende en la feria para los turistas o los peces que lleva de alimento a su familia. "Cuando salgo del agua ahí me viene todo el cansancio", dice. Pero también necesita implementos de buceo, como una aleta "larga", que le facilite desplazarse, y un traje, pues el suyo está roto. "Me hace falta un buen traje, sobre todo para el invierno. Con el traje que tengo voy a bucear en la noche y, como tiene hoyos, entra todo el frío, tengo que bucear máximo tres horas y salirme", cuenta. Pese a todo, y tal como lo hizo su padre con él, piensa algún día enseñarle a bucear a su hijo. "Todavía no bucea porque tiene seis años, pero tiene sus implementos, su aleta, máscara, pero voy a esperar que crezca un poco, ahí recién lo voy a meter al agua. No voy a ser como mi viejo que yo no sabía nadar y me agarraba de la espalda y me tiraba al agua al lado del bote", recuerda entre risas. |
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miércoles, 1 de junio de 2011
La increíble historia del buzo discapacitado de Isla de Pascua
viernes, 27 de mayo de 2011
Discapacitados, una historia de capacidad diferente.
El Marcel Marceau era el jefe de la banda, la más temida del sur de la ciudad. Era un sordomudo que nunca aprendió el lenguaje de señas y se comunicaba a base de pujidos y representación de sus ideas como lo hacen los mimos, de ahí el apodo del famoso artista francés.
Yo tenia tiempo que me mantenía asaltando borrachos en el rumbo de la calle Montesinos, pero no sacaba mucho de eso, así que me dijeron que buscara al Marcel, para que me dejara unirme a su banda de maleantes discapacitados.
Me presenté en el bar donde solían reunirse los miembros de la pandilla. Apoyado en mis muletas nuevas y relucientes que me dieron en el CRIVER, entré y le pregunté al cantinero por el Marcel, me señaló apuntando con la nariz a un grupo de personas en la mesa del fondo.
-Me manda el Manitas – dije sin dirigirme a nadie en particular.
- Siéntate ahí – me indicó un anciano con síndrome de Down y miró al Marcel, que asintió con la cabeza.
Estaban reunidos todos, se presentaron por su apodo: un jovencito cojito , con los brazos y su única pierna tatuada, me tendió la mano – Soy el pizarrón –
- Mucho gusto pizarrón –
- Yo soy Gengis Kan - dijo el anciano con el cromosoma extra.
- Soy Tarzàn y estoy ciego - dijo orgulloso un robusto moreno con grandes lentes negros.
- A mi me dicen Costalito - dijo una simpática chica sin brazos ni piernas que se desplazaba en una patineta.
Bueno ¡ya! – dijo el pizarrón,
- Cállense todos que va a hablar el jefe - se rieron todos en silencio. Se puso de pie el Marcel Marceau de barrio, y empezó a hacer una representación de lo que se supone será el próximo golpe de la banda. Fue de lo más extraño que he visto en mi vida: Vi al líder cargando una imaginaria bola de cristal y la depositó en el suelo, luego se puso la mano como visera y señalaba a lo lejos en el horizonte algo que a mi me pareció un ejercito de mantis religiosas mutantes, hizo un ruido como si fuera el motor de un autobús repleto de teiboleras húngaras, aunque a decir verdad, también parecía el llamado de una madre jirafa a su crío. Luego se puso algo que parecía una playera del América de la época de los 80s.
Todos miraban atentos al jefe de la banda, algunos tomaban notas, yo estaba muy confundido, no entendí nada, así que mire con mas atención y concentración los movimientos y gestos del Marcel, que ahora parecía que estaba empujando una carretilla llena de cabezas de jíbaros, caminaba en forma graciosa como lo haría un astronauta con hemorroides en gravedad cero.
Finalmente, empezó a cargar un auto compacto con barras de uranio (aunque lo ultimo que subió, parecía más bien bolas de queso Oaxaca en paquete de tres).
Mi primera participación en la banda iba a ser como “echa aguas”, Pizarrón me lo dijo ya que no iba a entender eso, cuando el Marcel en su representación, me señalaba y cargaba un cubo que al parecer estaba lleno de barniz color caoba.
El día del golpe, me dejaron en una esquina con un walkie-talkie para avisarles el momento que la policía se acercara. No pasó nada, solo escuche sirenas a lo lejos, pero no pasaron frente a mi. Después de un buen rato, desde un camión lleno de toallas sanitarias, me llamaron:
- súbete cabrón – y me subí al transporte, me encontré con el Gengis llorando desconsoladamente. Al parecer, el objetivo del robo era un camión de Botox, se supone en la parte exterior así decía, pero el anciano Gengis confundió las letras y asaltaron un camión que llevaba un letrero de: Kotex.
Así fue como, el pobre anciano descubrió otra discapacidad con que nació, era disléxico.
Ahora estamos vendiendo el producto del hurto: ¿no te interesas en unas toallas sanitarias con alitas?
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